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Multicloud sin gobierno: cuando dos nubes generan más riesgo que resiliencia

  • 26 mar
  • 3 min de lectura

En los últimos años muchas empresas han adoptado estrategias multicloud con la idea de ganar flexibilidad, resiliencia y evitar dependencia de un único proveedor tecnológico. En teoría, distribuir cargas de trabajo entre diferentes nubes permite optimizar costos, mejorar disponibilidad y elegir las mejores capacidades de cada plataforma.


En la práctica, cuando no existe un modelo claro de gobierno tecnológico, el multicloud puede convertirse en una fuente inesperada de complejidad operativa.


Esto ocurrió en una empresa del sector financiero que, en un periodo relativamente corto, comenzó a desplegar cargas de trabajo tanto en AWS como en Microsoft Azure.

La decisión tenía sentido desde el punto de vista técnico. Algunas aplicaciones nuevas se desarrollaban sobre servicios nativos de AWS, mientras que otras dependían de herramientas analíticas integradas en Azure. Cada equipo eligió la plataforma que mejor se adaptaba a sus necesidades.


Durante los primeros meses el modelo parecía funcionar.

Los equipos de desarrollo desplegaban aplicaciones con rapidez, las plataformas cloud ofrecían elasticidad para absorber picos de demanda y la empresa podía escalar su infraestructura sin invertir en nuevos data centers.


Pero con el tiempo comenzaron a aparecer problemas.

El primero fue la fragmentación operativa.

Cada nube tenía su propio modelo de identidad, monitoreo y control de acceso. Algunos equipos utilizaban IAM en AWS, mientras otros dependían de Azure Active Directory. Las políticas de seguridad no estaban alineadas y la visibilidad sobre los recursos desplegados era limitada.


El segundo problema apareció en la capa de operación.

Los equipos de infraestructura debían gestionar múltiples herramientas de monitoreo, diferentes sistemas de logging y distintos modelos de red. Las arquitecturas de VPC en AWS y las redes virtuales en Azure estaban configuradas de forma independiente, lo que dificultaba la trazabilidad del tráfico entre servicios.


Con el tiempo, los incidentes comenzaron a revelar esta falta de coherencia.

Una aplicación desplegada en AWS dependía de un servicio analítico alojado en Azure. Cuando se producían picos de tráfico, la latencia entre ambas plataformas afectaba el rendimiento del sistema completo.


Además, la ausencia de estándares comunes hacía que cada equipo definiera su propio modelo de despliegue.

Algunas aplicaciones utilizaban contenedores, otras se ejecutaban sobre máquinas virtuales tradicionales y algunas dependían de servicios gestionados específicos de cada proveedor. Esto dificultaba la portabilidad de las cargas de trabajo y aumentaba la dependencia tecnológica.


El problema no era el multicloud.

El problema era la falta de gobierno arquitectónico.


La empresa decidió entonces replantear su estrategia tecnológica con un enfoque más estructurado. El primer paso fue adoptar una plataforma común de orquestación basada en Kubernetes, lo que permitió estandarizar el despliegue de aplicaciones en ambas nubes.


Mediante Red Hat OpenShift, los equipos pudieron gestionar contenedores, redes y políticas de seguridad desde una misma capa de control, independientemente del proveedor cloud.


Esto permitió establecer estándares claros para el despliegue de aplicaciones y reducir la dependencia de servicios propietarios de cada plataforma.

El segundo paso fue implementar herramientas centralizadas de observabilidad y monitoreo. Se integraron métricas, logs y trazas distribuidas para obtener visibilidad completa sobre los servicios desplegados en ambas nubes.


También se definieron políticas unificadas de identidad y acceso para asegurar que los controles de seguridad se aplicaran de forma consistente en todos los entornos.

El resultado fue un modelo multicloud mucho más gobernado.


Las aplicaciones podían desplegarse en cualquiera de las plataformas sin cambios significativos, los equipos de operaciones recuperaron visibilidad sobre el sistema completo y la empresa redujo significativamente el riesgo operativo asociado a su infraestructura cloud.


Este tipo de experiencias deja una lección importante.

El multicloud no es únicamente una decisión tecnológica. Es un modelo operativo que requiere estándares claros de arquitectura, seguridad y gestión.

Cuando estos elementos no existen, la flexibilidad prometida por el multicloud se transforma rápidamente en complejidad.


En AIT LATAM ayudamos a las organizaciones a diseñar arquitecturas multicloud que combinan flexibilidad tecnológica con gobierno operativo, permitiendo aprovechar las ventajas de diferentes plataformas sin perder control sobre la infraestructura.

Porque en entornos empresariales complejos, la verdadera resiliencia no proviene de tener más nubes.


Proviene de gobernarlas correctamente.


 
 
 

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